Un dia del amigo muy particular...


Era el día en que pensábamos conocer un poco más de la ciudad, nuestro tercer día en Salta. Salimos por la mitad de la mañana, después de desayunar y ya más descansados, a buscar a Phoebe, nuestra nueva amiga de Australia que habíamos conocido el día anterior. Phoebe estaba dando clases de inglés en Buenos Aires, pero sólo hablaba algunas palabras en castellano, asi que yo aprovechaba para practicar mi inglés. La idea era ir juntos al teleférico para conocer Salta desde arriba, desde lo más alto del cerro, y por la tarde ir a la Quebrada de San Lorenzo. Fuimos hasta el parque que está al pie y compramos el ticket para subir por sólo $10. La bajada pensábamos hacerla a pie, por las escaleras que hay, para bajar directamente al Monumento al Gral. Martín Miguel de Güemes.

Subimos finalmente con el teleférico y nos quedamos un buen rato ahí arriba, en la cima del cerro. Es muy lindo, hay un restaurant, cafetería, un mirador, cascadas artificiales, arboledas, juegos para chicos, un reloj de sol muy lindo y excelentes lugares para sentarse a tomar unos mates y sacar buenas fotos. Desde esa altura se puede ver toda la ciudad, se destacan las cúpulas y los edificios altos, los parques, entre otros lugares... Lástima que no pudimos ir de noche y disfrutar de una vista de la ciudad iluminada, pero quien tenga esa oportunidad no debería desaprovecharla, hasta en auto se puede subir a la cima.
Después de un rato empezamos a bajar, la temperatura era muy agradable, primaveral. Bajamos al monumento, donde sacamos más fotos y me quedé charlando con una señora de unos 80 años que vendía artesanías y recuerdos de Salta. Le compré un llavero con forma de empanada recuerdo, que aún tengo, y le pregunté cómo habían vivido hasta ese momento la persecución de la Gripe A. 
No tenía mucha idea de que le estaba hablando; había escuchado algo, pero no había casos de enfermos por ahí y la gente llevaba una vida normal, mientras que en Mar del Plata y Buenos Aires, la gente tenía pánico, se cerraban los lugares, las escuelas y aconsejaban a la gente a quedarse adentro de sus casas. Después de charlar un poco más sobre cómo era su vida en Salta, volví con el grupo y seguimos camino en busca de alguna comida rápida para tomar el colectivo que nos llevase a San Lorenzo, el 7E (con una frecuencia de unos 40 minutos). El recorrido comenzaba ahí mismo en la base del teleférico, y termina justo en la Quebrada de San Lorenzo, que a diferencia de la Quebrada de las Conchas que visitamos en Cafayate, ésta es muy verde, arbolada, una reserva natural donde está asentado uno de los barrios más lindos de Salta, con segundas residencias. Es un paralelo al Barrio Sierra de los Padres de mi ciudad, pero por sus condiciones, conservado como Reserva Natural. Llegamos y en un principio te encontrabas en la base, un lugar con espacios de recreación, varias confiterías, y gente tomando mate en familia o con amigos, pero en vez de sierras pampeanas, el paisaje lo completaban un arroyito y cerros característicos de las Yungas, con un ambiente boscoso y mucho aire puro. Subimos un poco y llegamos al principio del recorrido, al cual accedías pagando $12 ya que es una reserva privada. Te dan con la entrada un folleto indicándote el camino y qué encontrás en cada estación (son 11 en total), donde está todo muy bien señalizado y se concluye en el mirador, en la cima, para poder tener una vista de San lorenzo y más allá, de Salta. 
Arrancamos el recorrido que duraría cerca de 3 hs, con algunos momentos de cansancio pero muy placenteros; el camino es tan natural, con mucho oxígeno, la música del canto de los pájaros y los rayos de sol que se asomaban entre los árboles. Increíble. Llegamos después de un rato a la cima. Fotos y un rato de silencio, para disfrutar de la hermosa vista que nos regalaba el lugar.
Al rato empezamos a bajar, por el camino más corto, y en un momento, me sorprendió el celular con un llamado: eran mis amigas Cande, Bren y Maca, que estaban juntas esa tarde festejando el día del amigo. Para mí había sido un día más en un viaje hermoso, pero lo que sentí al escucharlas fue inexplicable. Una mezcla de emociones, de alegría de escucharlas, y de extrañarlas mucho, pero a la vez no querer irme de ahí... Fue el mejor regalo del día del amigo que tuve, ese llamado, esas voces cómplices que me habían acompañado casi toda mi vida, y que me acercaron hacia quien yo era, hacia mi historia. “Feliz día amigas! Esperen que estoy escalando!” les había dicho, entre risas... Un buen empujón para seguir camino con más ganas... llegamos a la base al rato nomás y decidí comprar un gorrito coya y un sweater de lana de llama con capucha, haciendo juego (me salieron $18 y $50). Lo compré porque ya quería tenerlo, pero sabía que cruzando a Bolivia lo iba a conseguir mucho más barato. No quise dejarlo para después, y lo compré, feliz.
Tomamos el colectivo de vuelta, que se llenó de adolescentes que habían ido ahí a pasar la tarde del día del amigo, y nos bajamos en la Terminal para comprar 3 pasajes: Siguiente destino, Tilcara. Pero iban a ser 4 pasajes en total, porque Phoebe tenía una amiga de Alemania, en Buenos Aires que vivía con ella, y llegaba esa tardecita a Salta: Marina se llamaba, y no sabía que iba a convertirse en una gran compañera de futuras aventuras.
Esa noche cenamos los 4 en el hostel, donde celebraba el día del amigo con Hernán y con nuevos amigos. Además había recibido la llamada de Damián, mi mejor amigo, otra alegría para el alma de una persona muy cercana. La noche no duró mucho más, aprovechamos para pasar un buen rato, conocernos y planear nuevos destinos. Faltaba mucho más por recorrer. Faltaba toda una provincia: Jujuy. La más árida, la más impactante, la más sorprendente en todo sentido. Como nos habían dicho en la terminal de Tucumán, “cuanto más al norte vayan, más se van a enamorar del lugar”. A eso íbamos, a caer rendidamente enamorados.

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