Cafayate, capital norteña del buen vino




Era la tarde el 16 de julio del 2009 y estábamos llegando a Cafayate. Había leído que era Capital del vino en Salta y tenía una quebrada muy linda para visitar además de las bodegas, pero no mucho más. Habíamos compartido el remis desde Amaicha con una parejita uruguaya, pero nos tuvimos que despedir ahí cuando nos dejaron en la puerta del hostel, y no los cruzamos más. Se llamaba Hostel Ruta 40, porque estaba ubicado sobre la calle Güemes (prócer amado por los salteños) que sería la continuación de la mística ruta... Me pareció ideal parar ahí. Ese nombre, esa ruta, había tenido desde hacía unos años antes, mucho significado y un atrapante misterio para mí. Así también para los que habían sido mis compañeros cuando armamos la Revista Kilómetro Cero, sobre la cual tengo otro blog y de la cual sólo pudo salir un número (el 2do esá escrito por la mitad). Es la ruta más larga de Argentina, la que la recorre de Norte a Sur, o viceversa a lo largo de 5121km; nuestro hostel estba en el km 4341, cuya señalación estaba en la misma vereda. En sí, era bastante lindo, con barcito, buenas camas y a media cuadra de la plaza principal, aunque no era de los más económicos. Salimos a caminar y recorrer la zona, aprovechando una tarde con sol que nos permitía, en pleno julio, andar en remera de manga corta. La imagen que me quedó al ver la plaza fue la de un lugar bastante turístico, bien cuidado, con algunas 4 x 4 rodeando la plaza y haciendo contraste con la colonial iglesia color salmón. Alrededor estaba lleno de barcitos con mesas en las veredas para aprovechar el buen clima, gente caminando por las calles que son muy largas, y la imponencia de los cerros custodiándonos en los 360 grados. Todo esto sumado al aire puro y al cielo azul, el más azul que había visto hasta ese momento... que cada tanto dejaba que se asomen pedazos de algodón posando para alguna fotografía.
Otra vez tuve la sensación de que estaba donde tenía que estar, que nada podía ser mejor que eso... y me dispuse a seguir conociendo la pequeña ciudad. Preguntamos qué había para hacer y nos ofrecieron una cantidad enorme de posibilidades, tantas que decidimos que como mínimo necesitábamos quedarnos dos noches allí. Contratamos una excursión para el día siguiente: por la mañana alquilaríamos unas bicicletas y nos iríamos a conocer el Río Colorado, famoso por sus 3 cascadas, y por la tarde recorreríamos la Quebrada de las Conchas. Lo que quedaba de la tarde iba a ser para patear por las calles y las bodegas. Y para otra vez iban a quedar pendientes los médanos, el molino, el Museo Arqueológico, entre tantas otras cosas. Al caminar te chocabas con las bodegas. Visitamos Nanny y El Tránsito, con una guiada y degustación gratuita. Nunca más me voy a olvidar del Torrontés Cosecha Tardía que probé...  
Casi entonados volvimos cuando anochecía al hostel, y en el camino nos cruzamos con Clarita, a quien conocimos esa noche en Tafí, y nos invitó a su camping esa noche. También Alejandra nos vió y nos incluyó en su lista de invitados para la noche siguiente, cuando festejaría su cumpleaños. Esto era así... una noche que compartías y ya tenías nuevos amigos con quien celebrar, hubiera o no excusas. Esa noche no nos acostamos tarde, para descansar, pero antes de terminar el día, pudimos disfrutar de un buen fogón con salteños, porteños, alemanes, guitarras, vino, cervezas (la “Salta” es altamente recomendable), y mucha buena onda...

El Colorado y La Quebrada de las Conchas


Hacía ya una semana que estábamos en el Norte, 17 de julio de 2009. La mañana estaba fresca. A las 9 ya teníamos en nuestras manos, nuestras bicicletas, listas para rodar unos 7 km sobre calles de tierra y piedras, hasta el Río Colorado. La foto del folleto mostraba una cascada como de 3mts. con gente bañándose y disfrutando del calor; obviamente, no era lo que esperábamos, ya que estábamos en julio, pero fuimos con muchas ganas de hacer un poco de trekking en un lugar hermoso y escondido. Pedaleamos hasta el cansancio y descubrí, al verme en la necesidad de bajarme y hacer algunos tramos caminando, que no estaba en mi mejor momento físico; pero voluntad era lo que sobraba, y a veces cuando cuesta esfuerzo, los resultados son más satisfactorios. 
Llegamos al punto de partida y en un camping nos cuidaron las bicis por sólo $2,50. Allí nos dijeron: “Chicos, si quieren pueden contratar algún diaguita que los acompañe, pero sino, pueden ir por su propia cuenta, tardando un poco más. Sigan el río, bordéenlo, y no se distraigan con los caminos de las cabras; así van a llegar hasta la tercer cascada y volver en 3hs y media”. En ningún momento, nos dijo que era casi imprescindible que nos guiaran, y atraídos por la aventura, nos lanzamos solos por “el camino”... En realidad, por momentos lo perdíamos y lo volvíamos a encontrar volviendo atrás, o a veces también llegábamos a un punto muerto donde nos detenía una piedra gigante o arbustos impenetrables. 
Subíamos y bajábamos piedras enormes y chicas también, algunos tramos eran bastante empinados, y varias veces la única salida era cruzar el río saltando. Cada tanto, aparecían algunas cabras por ahí, como diciendo: “Nosotras sí sabemos como llegar, ustedes están un poco perdidos...”; incluso una recuerdo que nos hizo retroceder y cambiar el camino. Y así seguimos, cada vez más escondidos entre los cerros mientras el sol quería empezar a asomarse por arriba nuestro. Entre salto y salto, me caí y me golpeé, al pisar una piedra por donde corría el río, en ese momento ya más crecido, y enseguida metí una pierna dentro del agua helada al pisar una piedra floja. Empapada y con un poco de dolor, seguimos camino... no llegaba más! La imaginación me llevó a pensar que me iban a tener que venir a rescatar en helicópteros, porque otra manera de llegar hasta ahí sentía que no había! Más que nada porque habíamos saltado de una roca de más de un metro que no tenía idea como pasarla en el camino de vuelta: “la bajamos sí... pero cómo la vamos a subir..?”. 
En el medio de la foto, junto al arbusto, de buso azul, está Hernán viendo por dónde seguir
A los minutos llegué a la primer cascada. Ya no le vi ninguna gracia, era un poco de agua cayendo desde una gran piedra. En realidad esa era mi visión condicionada por mi dolor en la rodilla y la incomodidad de estar empapada, pero enseguida me relajé y nos quedamos un rato por ahí descansando y disfrutando del lugar. ¿La segunda y la tercera? Para la próxima. Teníamos que volver y llegar a tiempo para la excursión de la Quebrada a las 2 de la tarde y antes comer algo; por cómo venía rengueando, no teníamos mucho tiempo para volver. 
Obviamente (aunque lo supe después), los regresos son siempre más rápidos y fáciles (aunque Hernán casi se cae de unos 3mts de altura). Si alguien va les recomiendo hacerlo con más tiempo, o contratar un guía. Las bicis nos esperaban, y el camino también; pero a nuestro favor, ahora era en bajada, tanto que por ciertos tramos debemos haber superado una velocidad de 50 km/h para no exagerar. Tuvimos unos minutos para comer una docena de empanaditas y nos encontramos con Martín y Seba, el olavarriense y el cordobés que habíamos conocido en Tafí. Con ellos compartimos el remisse que nos llevó a recorrer junto con otros más, la Quebrada. El guía fue muy divertido y amable; nos explicó muy bien cada parada y nos incentivó a recorrer cada rincón.
Primero bajamos a ver unas formaciones rocosas, rojizas y bastante erosionadas, que me recordaban al Parque Nacional Talampaya en La Rioja. Caminamos y pudimos tomar fotografías por todos lados. Después cruzamos el Río Las Conchas, con 10 cm o a veces 20 cm de profundidad, y llegamos a “Los Castillos” otras formaciones de bastante altura, donde pudimos hacer buenas tomas y arranqué, incentivada por el guía, a sacar algunas pegando saltos de bastante altura! Hasta el día de hoy es una foto infaltable en cada uno de mis viajes...
En el segundo tramo, bajamos a observar los colores de las formaciones: rojo, verde, marrón, amarillo, según el metal que las compongan, y caminamos por caminos en altura que con el viento que había, daban la sensación de que podías caer rodando en cualquier momento. Aprovechamos para sacar fotos hermosas y a sacarnos el miedo a la altura.
Más adelante volvimos a parar para subir a un mirador y tomar más fotos donde un cartel nos regalaba una frase muy linda: “Para el que mira sin ver, la tierra es tierra nomás” de Atahualpa Yupanqui. En la tercer parada, conocimos el “Anfiteatro”, lugar que tiene una acústica impresionante donde unos días después iba a haber un concierto. Por último fuimos a la “Garganta del Diablo”, sí se llama así pero no está en las Cataratas del Iguazú, y no tiene agua. Es pura piedra rojiza, donde cada año varias personas intentar escalar hasta la cima y mueren al caer. Yo escalé sólo hasta cierto punto y me quedé satisfecha. En sí, creo que esta excursión a la Quebrada, fue una de las mejores que hice; la ruta hacia Salta tiene ahí sus mejores kilómetros. Es hermosa como la de Tafi hasta San Miguel, pero diferente. Una seca, otra húmeda. Una roja, otra verde. Ambas con curvas y precipícios. Volví Feliz.


Esa noche tuvimos el cumpleaños de Alejandra, en el Hostel Rustik, con los ingleses que habíamos conocido también en Tafí, Martín, Seba, Carina, y algunos amigos nuevos más. Salimos a bailar a un par de lugares, uno más local, otro más “hecho para el turista” y probamos los helados Miranda, de dueños marplatenses, que ofrecen el helado de Cabernet y el de Torrontés. Paso obligado en Cafayate, a sólo unas 3 cuadras de la plaza principal.

No queríamos dejar este lugar, nos había gustado mucho. Y habíamos recorrido lugares preciosos, de naturaleza pura. Pero el camino llamaba y había que seguir. Salta, la Linda, nos esperaba. El micro “El Indio” nos iba a llevar a las 9 de la mañana por unos $34, tardando unas 4hs. La idea era quedarse un par de días ahí, al menos en princípio porque uno nunca sabe con qué se va a encontrar. De hecho... nunca me habían dicho que Salta era tan pero tan linda! 

Por las calles de Salta




El calor y los rayos de sol nos recibieron y nos presentaron lo que es la capital más linda y pintoresca del Noroeste Argentino. Desde la terminal, nos tomamos un taxi (muy barato) al Hostel Backpacker’s Soul, ubicado a una cuadra y media de la plaza principal y con muy bien cuidadas instalaciones; además la tarifa nos incluía la cena en el Hostel Backpacker’s Home, otro de los 3 que hay en Salta de la cadena HI International. Después que nos acomodamos, deicidimos salir a caminar y buscar un poco de combustible, ya había pasado el mediodía. Asique llegamos a la plaza y nos enamoramos al instante del lugar; es muy colonial y muy cuidada, limpia, y a su alrededor puede verse la catedral y una especie de cabildo, donde te ofrecen dar un paseo en un carruaje por un rato. Comimos una pizza ahí nomás, frente a la plaza donde hay una seguidilla de restaurantes pero te cobran un poco más que en otras zonas de la ciudad. 
Después de ahí fuimos para el Shopping Alto NOA, donde trabajaba Sol, una amiga de Hernán, y terminamos recorriendo, antes de volver, “La Balcarce”. Se trata de la calle más bonita de Salta, llena de bares, restaurantes y cafés pintorescos (como el Café del Tiempo), donde por las noches se arman peñas y pasada la medianoche, se transforman para darle ritmo a la movida nocturna de la ciudad. Paseamos también por las dos peatonales que tiene, aunque nada superaba esa callecita. Un punto que suele ser muy visitado es La Peña de Balderrama,, frecuentada por famosos, aunque no yo no tuve la oportunidad de ir. Ya llegaba la noche, y nos fuimos cerca de las diez de la noche hasta el otro hostel para cenar. Creo que éramos los únicos dos argentinos, y en la mesa conocimos una pareja de holandeses y unos hermanos de Estados Unidos. Por suerte, el menú de la noche por ser sábado, era asado, muy tierno de hecho y acompañado por un show de folclore donde se entonó la típica canción “Balderrama” y el “Carnavalito”. No faltó obviamente la pareja bien gauchesca, bailando y sacando a bailar, incluso a nosotros dos que estábamos muy compenetrados con el show. 
A veces es lindo ver cómo tantos extranjeros quedan encantados con algo que es tan nuestro, como pasa con el Tango, y que a veces uno los “mira desde lejos” porque no está familiarizado con ellos, no lo escuchamos a diario. Terminamos filtrándonos como un extranjero más que ve un show que le es ajeno., pero cercano a la vez. De todas maneras, yo sentí que esa noche me gustaba esa música más que nunca, y me pasó lo mismo en los días que siguieron, en Jujuy... donde las peñas, y bailar folclore, se nos hizo cosa de todas las noches. Te dejás llevar por el lugar y sus costumbres, y así también terminas comiendo empanadas todos los días. 
Esa noche nos fuimos hasta La Balcarce, a un bar que se llamaba Ibiza, con Sol y el novio. Nos volvimos a las 3am porque al otro día a las 7am nos esperaba una excursión a Cachi, un pueblo perdido cercano a Salta. Nos volvimos caminando, por calles bastante oscuras, pero la sensación era de total seguridad. Parece un lugar muy tranquilo, con mucha paz; Salta es realmente lindísima.

Cachi, un pueblo blanco a 2280 m.s.n.m




“Amigo Turista:
                   Este pequeño rincón del valle Calchaquí le da la bienvenida, deseándole una feliz estadía.                    Si el destino guió sus pasos hacia este pueblo, aprovechamos para invitarlo cordialmente a descubrir la poesía escondida en sus viejas casonas y calles, donde el tiempo está dormido.
                   Por favor, procure no despertarlo...
                                                                                  Municipalidad de Cachi”



Este es el mensaje del cartel que te recibe cuando entrás en este pueblito vestido de blanco y detenido en el tiempo. Sin embargo, no sólo es hermoso el destino sino también el camino que te lleva hacia él, uno de los tramos de ruta más sorprendentes de la Argentina.
Era un mañana de domingo a las 7.30 a.m. cuando salimos para Cachi. Habíamos contratado el día anterior esta excursión por $155 en el hostel; (lo más caro que pagamos pero que valía la pena, sólo nos faltó el Tren ed las Nubes); pasaron por el nuestro y por otros más recolectando turistas, unas 3 o 4 combis dispuestas a mostrarnos la belleza del lugar. Subimos y nos sentamos en los lugares libres que quedaban atrás, y unos minutos después subió Phoebe, una australiana que vivía en Buenos Aires hacía unos meses, con la que luego compartiríamos gran parte de nuestro recorrido. 
Arrancamos el trayecto, y tomamos la ruta provincial 33; el camino iba transformándose desde selvático hasta árido y seco, donde más adelante se asomaban cardones, como vigías del camino. La ruta era en partes de ripio, en partes asfaltada, muy sinuosa... realmente, y por momentos sumergida bajo el caudal de algun río que pasaba por encima de ella, haciendo que el chofer desacelere su marcha hasta casi frenar. A medida que avanzábamos aumentaba la altura, pero también era más agradable la temperatura. Me habían dicho: ¿Cachi? Lo mejor es el camino, el pueblo no es gran cosa. Un rato despúes iba a saber que son tan hermosos el camino como el lugar. Por suerte hicimos varias paradas, unas 5 ó 6 aproximadamente. En el km 31 bajamos a tomar unas fotos del paisaje, estaba fresco todavía, pero prometía llegar el calor del sol. Alguna que otra curva  y precipicio cada tanto,  nos empezaban a cortar la respiración, pero era parte del atractivo como cuando uno se sube a una montaña rusa. De a poco empezamos a subir por un camino terriblemente sinuoso, ondulante, con precipicios y curvas extremas, por unos 20 km: era la famosa "Cuesta del Obispo", que demuestra como el hombre puede ir abriéndose camino por donde quiera, y que luego pudimos ver desde arriba en la siguiente parada. La imagen era impactante: la ruta que recién habíamos recorrido, parecía una serpiente gigante sobre los cerros, custodiada por las nubes bien blancas que podíamos ver casi a nuestra misma altura.
Más adelante, paramos en Piedra del Molino, un punto panorámico, el más alto del camino, a 3348 m.s.n.m. donde el frío y el viento se hacen sentir, y como mucho te dejan tomar alguna foto. Un poco más adelante, nos encontramos con una ruta perfectamente recta, asfaltada, la llamada “Recta del Tin Tin” por el nombre del cerro que está a su lado. La misma atraviesa el Parque Nacional Los Cardones, un lugar hermoso lleno de ejemplares de esta especie tan característica de esta zona, y en extinción. El cardón crece 1,5 o 2 cm por año, y desde un principio aprovecha el resguardo de un arbusto que está a los pies de cada cardón para que éste pueda crecer: la jarilla; sin embargo, una vez que tomó un suficiente tamaño y el cardón se vuelve autónomo, comienza a competir con el arbusto por el agua, y generalmente gana la batalla. Una de las tantas historias o relaciones, que guarda la naturaleza. Allí pudimos tomar fotos de los cardones y de la recta, que tiene una increíble belleza, acompañados de una excelente explicación del guardaparques. Luego seguimos camino y paramos a fotografiar el pico del “Nevado de Cachi” (ya en musculosa, por el calor que hacía) y enseguida llegamos a Payogasta, un paraje anterior a nuestro destino donde pudimos almorzar. Ahí comi un asadito con chorizo y ensalada, bajo el calor del sol, junto a hernán, Paz (una chica de Buenos Aires), y una pareja de italianos. Era la una del mediodía y yo discutía con el tano porque me decía que la milanesa, era en su país una comida de cuarta, y renegaba de las denominaciones “napolitana”, “calabresa”y “bolognesa”, muy gracioso...  
En un rato llegamos por fin a Cachi, donde nos recibió el cartel que describí al principio, y sus callecitas de piedra con veredas angostas nos invitaron a pasar y disfrutar de su paz. Es realmente un pueblo vestido de blanco, colonial, con casas bajas, una plaza principal con arcadas de piedra y feria de artesanos, y la iglesia que forma parte de la típica postal del pueblo, con su color amarillento y sus tres campanas. Yo aproveché un rato en el que varios descansaban a la sombra de los árboles para irme a caminar sola, por los rincones del pueblo más escondidos, y sentir ese anonimato y esa soledad tan agradable a veces... saqué fotos de la parte más vieja del pueblo y llamé a casa. Era un domingo y estaba toda mi familia almorzando, con frío... Yo, contándoles que estaba en un pueblo hermoso y tranquilo, con más de 25 grados, y que estaba feliz de haber vivido todo eso hasta ese momento, no podía dejarlo para más adelante.. era ese el momento en que tenía que viajar...
A la hora más o menos emprendimos el viaje de vuelta, en el cual caímos rendidos por el sueño. Llegamos al hostel y antes de que se hiciera tarde, como el lunes iba a estar cerrado, fuimos al MAAM, Museo de Arqueología de Alta Montaña, ubicado frente a la plaza principal de Salta por la continuación de una de las dos peatonales, y según mi punto de vista y el de varios, un imperdible! La entrada nos salió $5 por ser estudiantes, pero valía más que eso. En el museo pueden verse las momias incaicas de 3 “Niños de Llullaillaco” que fueron encontradas en un volcán a 6700 mts de altura y estban conservados por el frío. Su muerte había sido parte de un ritual incaico de hace más de 500 años: año a año eran elegidos los niños más bellos y físicamente perfectos de cada región para llegar al Cusco y formar parte de una celebración simbólica de matrimonio. Luego volvían a su lugar de origen y tras una celebración, les daban de beber chicha y eran enterrados con sus pertenencias ya que habían sido elegidos para realizar el “viaje divino” y reencontrarse con sus antepasados. La historia es increíble, así como los restos encontrados; según sus creencias, los niños no morían. Un lugar realmente impresionante e infaltable para quien visita la capital más linda del norte.
Más tarde, despúes de pasear por el centro de Salta iluminado,  volvimos al hostel y preparamos unas hamburguesas ahí mismo. Esa noche muchos se reunían para festejar las vísperas del día del amigo. Mis mejores amigas, reunidas, me llamaron a las 12 de la noche, pero no escuché el celular; yo ya dormía...

Un dia del amigo muy particular...


Era el día en que pensábamos conocer un poco más de la ciudad, nuestro tercer día en Salta. Salimos por la mitad de la mañana, después de desayunar y ya más descansados, a buscar a Phoebe, nuestra nueva amiga de Australia que habíamos conocido el día anterior. Phoebe estaba dando clases de inglés en Buenos Aires, pero sólo hablaba algunas palabras en castellano, asi que yo aprovechaba para practicar mi inglés. La idea era ir juntos al teleférico para conocer Salta desde arriba, desde lo más alto del cerro, y por la tarde ir a la Quebrada de San Lorenzo. Fuimos hasta el parque que está al pie y compramos el ticket para subir por sólo $10. La bajada pensábamos hacerla a pie, por las escaleras que hay, para bajar directamente al Monumento al Gral. Martín Miguel de Güemes.

Subimos finalmente con el teleférico y nos quedamos un buen rato ahí arriba, en la cima del cerro. Es muy lindo, hay un restaurant, cafetería, un mirador, cascadas artificiales, arboledas, juegos para chicos, un reloj de sol muy lindo y excelentes lugares para sentarse a tomar unos mates y sacar buenas fotos. Desde esa altura se puede ver toda la ciudad, se destacan las cúpulas y los edificios altos, los parques, entre otros lugares... Lástima que no pudimos ir de noche y disfrutar de una vista de la ciudad iluminada, pero quien tenga esa oportunidad no debería desaprovecharla, hasta en auto se puede subir a la cima.
Después de un rato empezamos a bajar, la temperatura era muy agradable, primaveral. Bajamos al monumento, donde sacamos más fotos y me quedé charlando con una señora de unos 80 años que vendía artesanías y recuerdos de Salta. Le compré un llavero con forma de empanada recuerdo, que aún tengo, y le pregunté cómo habían vivido hasta ese momento la persecución de la Gripe A. 
No tenía mucha idea de que le estaba hablando; había escuchado algo, pero no había casos de enfermos por ahí y la gente llevaba una vida normal, mientras que en Mar del Plata y Buenos Aires, la gente tenía pánico, se cerraban los lugares, las escuelas y aconsejaban a la gente a quedarse adentro de sus casas. Después de charlar un poco más sobre cómo era su vida en Salta, volví con el grupo y seguimos camino en busca de alguna comida rápida para tomar el colectivo que nos llevase a San Lorenzo, el 7E (con una frecuencia de unos 40 minutos). El recorrido comenzaba ahí mismo en la base del teleférico, y termina justo en la Quebrada de San Lorenzo, que a diferencia de la Quebrada de las Conchas que visitamos en Cafayate, ésta es muy verde, arbolada, una reserva natural donde está asentado uno de los barrios más lindos de Salta, con segundas residencias. Es un paralelo al Barrio Sierra de los Padres de mi ciudad, pero por sus condiciones, conservado como Reserva Natural. Llegamos y en un principio te encontrabas en la base, un lugar con espacios de recreación, varias confiterías, y gente tomando mate en familia o con amigos, pero en vez de sierras pampeanas, el paisaje lo completaban un arroyito y cerros característicos de las Yungas, con un ambiente boscoso y mucho aire puro. Subimos un poco y llegamos al principio del recorrido, al cual accedías pagando $12 ya que es una reserva privada. Te dan con la entrada un folleto indicándote el camino y qué encontrás en cada estación (son 11 en total), donde está todo muy bien señalizado y se concluye en el mirador, en la cima, para poder tener una vista de San lorenzo y más allá, de Salta. 
Arrancamos el recorrido que duraría cerca de 3 hs, con algunos momentos de cansancio pero muy placenteros; el camino es tan natural, con mucho oxígeno, la música del canto de los pájaros y los rayos de sol que se asomaban entre los árboles. Increíble. Llegamos después de un rato a la cima. Fotos y un rato de silencio, para disfrutar de la hermosa vista que nos regalaba el lugar.
Al rato empezamos a bajar, por el camino más corto, y en un momento, me sorprendió el celular con un llamado: eran mis amigas Cande, Bren y Maca, que estaban juntas esa tarde festejando el día del amigo. Para mí había sido un día más en un viaje hermoso, pero lo que sentí al escucharlas fue inexplicable. Una mezcla de emociones, de alegría de escucharlas, y de extrañarlas mucho, pero a la vez no querer irme de ahí... Fue el mejor regalo del día del amigo que tuve, ese llamado, esas voces cómplices que me habían acompañado casi toda mi vida, y que me acercaron hacia quien yo era, hacia mi historia. “Feliz día amigas! Esperen que estoy escalando!” les había dicho, entre risas... Un buen empujón para seguir camino con más ganas... llegamos a la base al rato nomás y decidí comprar un gorrito coya y un sweater de lana de llama con capucha, haciendo juego (me salieron $18 y $50). Lo compré porque ya quería tenerlo, pero sabía que cruzando a Bolivia lo iba a conseguir mucho más barato. No quise dejarlo para después, y lo compré, feliz.
Tomamos el colectivo de vuelta, que se llenó de adolescentes que habían ido ahí a pasar la tarde del día del amigo, y nos bajamos en la Terminal para comprar 3 pasajes: Siguiente destino, Tilcara. Pero iban a ser 4 pasajes en total, porque Phoebe tenía una amiga de Alemania, en Buenos Aires que vivía con ella, y llegaba esa tardecita a Salta: Marina se llamaba, y no sabía que iba a convertirse en una gran compañera de futuras aventuras.
Esa noche cenamos los 4 en el hostel, donde celebraba el día del amigo con Hernán y con nuevos amigos. Además había recibido la llamada de Damián, mi mejor amigo, otra alegría para el alma de una persona muy cercana. La noche no duró mucho más, aprovechamos para pasar un buen rato, conocernos y planear nuevos destinos. Faltaba mucho más por recorrer. Faltaba toda una provincia: Jujuy. La más árida, la más impactante, la más sorprendente en todo sentido. Como nos habían dicho en la terminal de Tucumán, “cuanto más al norte vayan, más se van a enamorar del lugar”. A eso íbamos, a caer rendidamente enamorados.