Otra vez tuve la sensación de que estaba donde
tenía que estar, que nada podía ser mejor que eso... y me dispuse a seguir
conociendo la pequeña ciudad. Preguntamos qué había para hacer y nos ofrecieron
una cantidad enorme de posibilidades, tantas que decidimos que como mínimo
necesitábamos quedarnos dos noches allí. Contratamos una excursión para el día
siguiente: por la mañana alquilaríamos unas bicicletas y nos iríamos a conocer
el Río Colorado, famoso por sus 3 cascadas, y por la tarde recorreríamos la Quebrada de las Conchas.
Lo que quedaba de la tarde iba a ser para patear por las calles y las bodegas.
Y para otra vez iban a quedar pendientes los médanos, el molino, el Museo
Arqueológico, entre tantas otras cosas. Al caminar te chocabas con las bodegas.
Visitamos Nanny y El Tránsito, con una guiada y degustación gratuita. Nunca más
me voy a olvidar del Torrontés Cosecha Tardía que probé...
Casi entonados volvimos cuando anochecía al
hostel, y en el camino nos cruzamos con Clarita, a quien conocimos esa noche en
Tafí, y nos invitó a su camping esa noche. También Alejandra nos vió y nos
incluyó en su lista de invitados para la noche siguiente, cuando festejaría su
cumpleaños. Esto era así... una noche que compartías y ya tenías nuevos amigos
con quien celebrar, hubiera o no excusas. Esa noche no nos acostamos tarde,
para descansar, pero antes de terminar el día, pudimos disfrutar de un buen
fogón con salteños, porteños, alemanes, guitarras, vino, cervezas (la “Salta”
es altamente recomendable), y mucha buena onda...
Cafayate, capital norteña del buen vino
El Colorado y La Quebrada de las Conchas
Hacía ya una semana que estábamos en el Norte,
17 de julio de 2009. La mañana estaba fresca. A las 9 ya teníamos en nuestras
manos, nuestras bicicletas, listas para rodar unos 7 km sobre calles de tierra y
piedras, hasta el Río Colorado. La foto del folleto mostraba una cascada como
de 3mts. con gente bañándose y disfrutando del calor; obviamente, no era lo que
esperábamos, ya que estábamos en julio, pero fuimos con muchas ganas de hacer
un poco de trekking en un lugar hermoso y escondido. Pedaleamos hasta el
cansancio y descubrí, al verme en la necesidad de bajarme y hacer algunos
tramos caminando, que no estaba en mi mejor momento físico; pero voluntad era
lo que sobraba, y a veces cuando cuesta esfuerzo, los resultados son más
satisfactorios.
Llegamos al punto de partida y en un camping nos cuidaron las
bicis por sólo $2,50. Allí nos dijeron: “Chicos, si quieren pueden contratar algún
diaguita que los acompañe, pero sino, pueden ir por su propia cuenta, tardando
un poco más. Sigan el río, bordéenlo, y no se distraigan con los caminos de las
cabras; así van a llegar hasta la tercer cascada y volver en 3hs y media”. En ningún momento, nos dijo que era casi
imprescindible que nos guiaran, y atraídos por la aventura, nos lanzamos solos
por “el camino”... En realidad, por momentos lo perdíamos y lo volvíamos a
encontrar volviendo atrás, o a veces también llegábamos a un punto muerto donde
nos detenía una piedra gigante o arbustos impenetrables.
Subíamos y bajábamos piedras enormes y chicas también, algunos tramos eran bastante empinados, y varias veces la única salida era cruzar el río saltando. Cada tanto, aparecían algunas cabras por ahí, como diciendo: “Nosotras sí sabemos como llegar, ustedes están un poco perdidos...”; incluso una recuerdo que nos hizo retroceder y cambiar el camino. Y así seguimos, cada vez más escondidos entre los cerros mientras el sol quería empezar a asomarse por arriba nuestro. Entre salto y salto, me caí y me golpeé, al pisar una piedra por donde corría el río, en ese momento ya más crecido, y enseguida metí una pierna dentro del agua helada al pisar una piedra floja. Empapada y con un poco de dolor, seguimos camino... no llegaba más! La imaginación me llevó a pensar que me iban a tener que venir a rescatar en helicópteros, porque otra manera de llegar hasta ahí sentía que no había! Más que nada porque habíamos saltado de una roca de más de un metro que no tenía idea como pasarla en el camino de vuelta: “la bajamos sí... pero cómo la vamos a subir..?”.
A los minutos llegué a la primer cascada. Ya no le vi
ninguna gracia, era un poco de agua cayendo desde una gran piedra. En realidad
esa era mi visión condicionada por mi dolor en la rodilla y la incomodidad de
estar empapada, pero enseguida me relajé y nos quedamos un rato por ahí
descansando y disfrutando del lugar. ¿La segunda y la tercera? Para la próxima.
Teníamos que volver y llegar a tiempo para la excursión de la Quebrada a las 2 de la tarde y antes comer
algo; por cómo venía rengueando, no teníamos mucho tiempo para volver.
Obviamente (aunque lo supe después), los regresos son siempre más rápidos y fáciles (aunque Hernán casi se cae de unos 3mts de altura). Si alguien va les recomiendo hacerlo con más tiempo, o contratar un guía. Las bicis nos esperaban, y el camino también; pero a nuestro favor, ahora era en bajada, tanto que por ciertos tramos debemos haber superado una velocidad de50 km/h para no exagerar. Tuvimos unos minutos para comer una docena de empanaditas y nos encontramos con
Martín y Seba, el olavarriense y el cordobés que habíamos conocido en Tafí. Con
ellos compartimos el remisse que nos llevó a recorrer junto con otros más, la Quebrada. El guía fue muy
divertido y amable; nos explicó muy bien cada parada y nos incentivó a recorrer
cada rincón.
Primero bajamos a ver unas formaciones rocosas, rojizas y bastante erosionadas, que me recordaban al Parque Nacional Talampaya enLa Rioja. Caminamos
y pudimos tomar fotografías por todos lados. Después cruzamos el Río Las
Conchas, con 10 cm
o a veces 20 cm
de profundidad, y llegamos a “Los Castillos” otras formaciones de bastante
altura, donde pudimos hacer buenas tomas y arranqué, incentivada por el guía, a
sacar algunas pegando saltos de bastante altura! Hasta el día de hoy es una
foto infaltable en cada uno de mis viajes...
Subíamos y bajábamos piedras enormes y chicas también, algunos tramos eran bastante empinados, y varias veces la única salida era cruzar el río saltando. Cada tanto, aparecían algunas cabras por ahí, como diciendo: “Nosotras sí sabemos como llegar, ustedes están un poco perdidos...”; incluso una recuerdo que nos hizo retroceder y cambiar el camino. Y así seguimos, cada vez más escondidos entre los cerros mientras el sol quería empezar a asomarse por arriba nuestro. Entre salto y salto, me caí y me golpeé, al pisar una piedra por donde corría el río, en ese momento ya más crecido, y enseguida metí una pierna dentro del agua helada al pisar una piedra floja. Empapada y con un poco de dolor, seguimos camino... no llegaba más! La imaginación me llevó a pensar que me iban a tener que venir a rescatar en helicópteros, porque otra manera de llegar hasta ahí sentía que no había! Más que nada porque habíamos saltado de una roca de más de un metro que no tenía idea como pasarla en el camino de vuelta: “la bajamos sí... pero cómo la vamos a subir..?”.
| En el medio de la foto, junto al arbusto, de buso azul, está Hernán viendo por dónde seguir |
Obviamente (aunque lo supe después), los regresos son siempre más rápidos y fáciles (aunque Hernán casi se cae de unos 3mts de altura). Si alguien va les recomiendo hacerlo con más tiempo, o contratar un guía. Las bicis nos esperaban, y el camino también; pero a nuestro favor, ahora era en bajada, tanto que por ciertos tramos debemos haber superado una velocidad de
Primero bajamos a ver unas formaciones rocosas, rojizas y bastante erosionadas, que me recordaban al Parque Nacional Talampaya en
Más adelante volvimos a parar para subir a un mirador y tomar más fotos donde un cartel nos regalaba una frase muy linda:
Esa noche tuvimos el cumpleaños de Alejandra,
en el Hostel Rustik, con los ingleses que habíamos conocido también en Tafí,
Martín, Seba, Carina, y algunos amigos nuevos más. Salimos a bailar a un par de
lugares, uno más local, otro más “hecho para el turista” y probamos los helados
Miranda, de dueños marplatenses, que ofrecen el helado de Cabernet y el de
Torrontés. Paso obligado en Cafayate, a sólo unas 3 cuadras de la plaza
principal.
No queríamos dejar este lugar, nos había
gustado mucho. Y habíamos recorrido lugares preciosos, de naturaleza pura. Pero
el camino llamaba y había que seguir. Salta, la Linda , nos esperaba. El
micro “El Indio” nos iba a llevar a las 9 de la mañana por unos $34, tardando
unas 4hs. La idea era quedarse un par de días ahí, al menos en princípio porque
uno nunca sabe con qué se va a encontrar. De hecho... nunca me habían dicho que
Salta era tan pero tan linda!
Por las calles de Salta
Esa noche nos fuimos hasta La Balcarce , a un bar que se
llamaba Ibiza, con Sol y el novio. Nos volvimos a las 3am porque al otro día a
las 7am nos esperaba una excursión a Cachi, un pueblo perdido cercano a Salta.
Nos volvimos caminando, por calles bastante oscuras, pero la sensación era de
total seguridad. Parece un lugar muy tranquilo, con mucha paz; Salta es realmente lindísima.
Cachi, un pueblo blanco a 2280 m.s.n.m
“Amigo Turista:
Este pequeño rincón del valle Calchaquí le da la bienvenida, deseándole una feliz estadía. Si el destino guió sus pasos hacia este pueblo, aprovechamos para invitarlo cordialmente a descubrir la poesía escondida en sus viejas casonas y calles, donde el tiempo está dormido.
Por favor, procure no
despertarlo...
Municipalidad
de Cachi”
Este es el mensaje del cartel que te recibe
cuando entrás en este pueblito vestido de blanco y detenido en el tiempo. Sin
embargo, no sólo es hermoso el destino sino también el camino que te lleva
hacia él, uno de los tramos de ruta más sorprendentes de la Argentina.
Era un mañana de domingo a las 7.30 a.m. cuando
salimos para Cachi. Habíamos contratado el día anterior esta excursión por $155
en el hostel; (lo más caro que pagamos pero que valía la pena, sólo nos faltó el Tren ed las Nubes); pasaron por el nuestro y por otros más recolectando turistas,
unas 3 o 4 combis dispuestas a mostrarnos la belleza del lugar. Subimos y nos
sentamos en los lugares libres que quedaban atrás, y unos minutos después subió
Phoebe, una australiana que vivía en Buenos Aires hacía unos meses, con la que
luego compartiríamos gran parte de nuestro recorrido.
Arrancamos el trayecto, y
tomamos la ruta provincial 33; el camino iba transformándose desde selvático
hasta árido y seco, donde más adelante se asomaban cardones, como vigías del
camino. La ruta era en partes de ripio, en partes asfaltada, muy sinuosa...
realmente, y por momentos sumergida bajo el caudal de algun río que pasaba por
encima de ella, haciendo que el chofer desacelere su marcha hasta casi frenar. A
medida que avanzábamos aumentaba la altura, pero también era más agradable la
temperatura. Me habían dicho: ¿Cachi? Lo mejor es el camino, el pueblo no es
gran cosa. Un rato despúes iba a saber que son tan hermosos el camino como el
lugar. Por suerte hicimos varias paradas, unas 5 ó 6 aproximadamente. En el km
31 bajamos a tomar unas fotos del paisaje, estaba fresco todavía, pero prometía
llegar el calor del sol. Alguna que otra curva y precipicio cada tanto, nos empezaban a cortar la respiración, pero era parte del atractivo como
cuando uno se sube a una montaña rusa. De a poco empezamos a subir por un camino
terriblemente sinuoso, ondulante, con precipicios y curvas extremas, por unos
20 km: era la famosa "Cuesta del Obispo", que demuestra como el hombre puede ir
abriéndose camino por donde quiera, y que luego pudimos ver desde arriba en la
siguiente parada. La imagen era impactante: la ruta que recién habíamos
recorrido, parecía una serpiente gigante sobre los cerros, custodiada por las
nubes bien blancas que podíamos ver casi a nuestra misma altura.
Más adelante,
paramos en Piedra del Molino, un punto panorámico, el más alto del camino, a 3348 m .s.n.m. donde el frío
y el viento se hacen sentir, y como mucho te dejan tomar alguna foto. Un poco
más adelante, nos encontramos con una ruta perfectamente recta, asfaltada, la
llamada “Recta del Tin Tin” por el nombre del cerro que está a su lado. La
misma atraviesa el Parque Nacional Los Cardones, un lugar hermoso lleno de
ejemplares de esta especie tan característica de esta zona, y en extinción. El
cardón crece 1,5 o 2 cm
por año, y desde un principio aprovecha el resguardo de un arbusto que está a
los pies de cada cardón para que éste pueda crecer: la jarilla; sin embargo,
una vez que tomó un suficiente tamaño y el cardón se vuelve autónomo, comienza
a competir con el arbusto por el agua, y generalmente gana la batalla. Una de
las tantas historias o relaciones, que guarda la naturaleza. Allí pudimos tomar
fotos de los cardones y de la recta, que tiene una increíble belleza,
acompañados de una excelente explicación del guardaparques. Luego seguimos
camino y paramos a fotografiar el pico del “Nevado de Cachi” (ya en musculosa,
por el calor que hacía) y enseguida llegamos a Payogasta, un paraje anterior a
nuestro destino donde pudimos almorzar. Ahí comi un asadito con chorizo y
ensalada, bajo el calor del sol, junto a hernán, Paz (una chica de Buenos Aires),
y una pareja de italianos. Era la una del mediodía y yo discutía con el tano
porque me decía que la milanesa, era en su país una comida de cuarta, y
renegaba de las denominaciones “napolitana”, “calabresa”y “bolognesa”, muy
gracioso...
En un rato llegamos por fin
a Cachi, donde nos recibió el cartel que describí al principio, y sus
callecitas de piedra con veredas angostas nos invitaron a pasar y disfrutar de
su paz. Es realmente un pueblo vestido de blanco, colonial, con casas bajas, una
plaza principal con arcadas de piedra y feria de artesanos, y la iglesia que
forma parte de la típica postal del pueblo, con su color amarillento y sus tres
campanas. Yo aproveché un rato en el que varios descansaban a la sombra de los
árboles para irme a caminar sola, por los rincones del pueblo más escondidos, y
sentir ese anonimato y esa soledad tan agradable a veces... saqué fotos de la
parte más vieja del pueblo y llamé a casa. Era un domingo y estaba toda mi
familia almorzando, con frío... Yo, contándoles que estaba en un pueblo hermoso
y tranquilo, con más de 25 grados, y que estaba feliz de haber vivido todo eso
hasta ese momento, no podía dejarlo para más adelante.. era ese el momento en
que tenía que viajar...
Más tarde, despúes de pasear por el centro de Salta iluminado, volvimos al hostel y preparamos unas
hamburguesas ahí mismo. Esa noche muchos se reunían para festejar las vísperas
del día del amigo. Mis mejores amigas, reunidas, me llamaron a las 12 de la
noche, pero no escuché el celular; yo ya dormía...
Un dia del amigo muy particular...
Era el día en que pensábamos conocer un poco
más de la ciudad, nuestro tercer día en Salta. Salimos por la mitad de la
mañana, después de desayunar y ya más descansados, a buscar a Phoebe, nuestra
nueva amiga de Australia que habíamos conocido el día anterior. Phoebe estaba
dando clases de inglés en Buenos Aires, pero sólo hablaba algunas palabras en
castellano, asi que yo aprovechaba para practicar mi inglés. La idea era ir
juntos al teleférico para conocer Salta desde arriba, desde lo más alto del
cerro, y por la tarde ir a la
Quebrada de San Lorenzo. Fuimos hasta el parque que está al
pie y compramos el ticket para subir por sólo $10. La bajada
pensábamos hacerla a pie, por las escaleras que hay, para bajar directamente al
Monumento al Gral. Martín Miguel de Güemes.
Subimos finalmente con el teleférico y nos quedamos un buen rato ahí arriba, en la cima del cerro. Es muy lindo, hay un restaurant, cafetería, un mirador, cascadas artificiales, arboledas, juegos para chicos, un reloj de sol muy lindo y excelentes lugares para sentarse a tomar unos mates y sacar buenas fotos. Desde esa altura se puede ver toda la ciudad, se destacan las cúpulas y los edificios altos, los parques, entre otros lugares... Lástima que no pudimos ir de noche y disfrutar de una vista de la ciudad iluminada, pero quien tenga esa oportunidad no debería desaprovecharla, hasta en auto se puede subir a la cima.
Después de un rato empezamos a bajar, la
temperatura era muy agradable, primaveral. Bajamos al monumento, donde sacamos
más fotos y me quedé charlando con una señora de unos 80 años que vendía
artesanías y recuerdos de Salta. Le compré un llavero con forma de empanada
recuerdo, que aún tengo, y le pregunté cómo habían vivido hasta ese momento la
persecución de la Gripe A.
No tenía mucha idea de que le estaba hablando; había escuchado algo, pero no había casos de enfermos por ahí y la gente llevaba una vida normal, mientras que en Mar del Plata y Buenos Aires, la gente tenía pánico, se cerraban los lugares, las escuelas y aconsejaban a la gente a quedarse adentro de sus casas. Después de charlar un poco más sobre cómo era su vida en Salta, volví con el grupo y seguimos camino en busca de alguna comida rápida para tomar el colectivo que nos llevase a San Lorenzo, el 7E (con una frecuencia de unos 40 minutos). El recorrido comenzaba ahí mismo en la base del teleférico, y termina justo enla Quebrada de San Lorenzo,
que a diferencia de la
Quebrada de las Conchas que visitamos en Cafayate, ésta es
muy verde, arbolada, una reserva natural donde está asentado uno de los barrios
más lindos de Salta, con segundas residencias. Es un paralelo al Barrio Sierra
de los Padres de mi ciudad, pero por sus condiciones, conservado como Reserva
Natural. Llegamos y en un principio te encontrabas en la base, un lugar con
espacios de recreación, varias confiterías, y gente tomando mate en familia o
con amigos, pero en vez de sierras pampeanas, el paisaje lo completaban un
arroyito y cerros característicos de las Yungas, con un ambiente boscoso y
mucho aire puro. Subimos un poco y llegamos al principio del recorrido, al cual
accedías pagando $12 ya que es una reserva privada. Te dan con la entrada un
folleto indicándote el camino y qué encontrás en cada estación (son 11 en total),
donde está todo muy bien señalizado y se concluye en el mirador, en la cima,
para poder tener una vista de San lorenzo y más allá, de Salta.
Arrancamos el
recorrido que duraría cerca de 3 hs, con algunos momentos de cansancio pero muy
placenteros; el camino es tan natural, con mucho oxígeno, la música del canto
de los pájaros y los rayos de sol que se asomaban entre los árboles. Increíble.
Llegamos después de un rato a la cima. Fotos y un rato de silencio, para
disfrutar de la hermosa vista que nos regalaba el lugar.
No tenía mucha idea de que le estaba hablando; había escuchado algo, pero no había casos de enfermos por ahí y la gente llevaba una vida normal, mientras que en Mar del Plata y Buenos Aires, la gente tenía pánico, se cerraban los lugares, las escuelas y aconsejaban a la gente a quedarse adentro de sus casas. Después de charlar un poco más sobre cómo era su vida en Salta, volví con el grupo y seguimos camino en busca de alguna comida rápida para tomar el colectivo que nos llevase a San Lorenzo, el 7E (con una frecuencia de unos 40 minutos). El recorrido comenzaba ahí mismo en la base del teleférico, y termina justo en
Al rato empezamos a bajar, por el camino más
corto, y en un momento, me sorprendió el celular con un llamado: eran mis
amigas Cande, Bren y Maca, que estaban juntas esa tarde festejando el día del
amigo. Para mí había sido un día más en un viaje hermoso, pero lo que sentí al
escucharlas fue inexplicable. Una mezcla de emociones, de alegría de
escucharlas, y de extrañarlas mucho, pero a la vez no querer irme de ahí... Fue
el mejor regalo del día del amigo que tuve, ese llamado, esas voces cómplices
que me habían acompañado casi toda mi vida, y que me acercaron hacia quien yo
era, hacia mi historia. “Feliz día amigas! Esperen que estoy escalando!” les
había dicho, entre risas... Un buen empujón para seguir camino con más ganas...
llegamos a la base al rato nomás y decidí comprar un gorrito coya y un sweater
de lana de llama con capucha, haciendo juego (me salieron $18 y $50). Lo compré
porque ya quería tenerlo, pero sabía que cruzando a Bolivia lo iba a conseguir
mucho más barato. No quise dejarlo para después, y lo compré, feliz.
Tomamos el colectivo de vuelta, que se llenó de
adolescentes que habían ido ahí a pasar la tarde del día del amigo, y nos
bajamos en la Terminal
para comprar 3 pasajes: Siguiente destino, Tilcara. Pero iban a ser 4 pasajes
en total, porque Phoebe tenía una amiga de Alemania, en Buenos Aires que vivía
con ella, y llegaba esa tardecita a Salta: Marina se llamaba, y no sabía que
iba a convertirse en una gran compañera de futuras aventuras.
Esa noche cenamos los 4 en el hostel, donde
celebraba el día del amigo con Hernán y con nuevos amigos. Además había
recibido la llamada de Damián, mi mejor amigo, otra alegría para el alma de una
persona muy cercana. La noche no duró mucho más, aprovechamos para pasar un
buen rato, conocernos y planear nuevos destinos. Faltaba mucho más por
recorrer. Faltaba toda una provincia: Jujuy. La más árida, la más impactante,
la más sorprendente en todo sentido. Como nos habían dicho en la terminal de
Tucumán, “cuanto más al norte vayan, más se van a enamorar del lugar”. A eso
íbamos, a caer rendidamente enamorados.
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