En la capital tucumana se respiraba mucha tranquilidad y se empezaba a sentir también el irresistible olor a empanadas, que se convirtieron en la base alimentaria de todo nuestro camino. Nuestro segundo día lo dedicamos a recorrer el Camino de las Yungas: pasamos por el dique El Cadillal, Raco y El Siambón (dos barrios residenciales), y llegamos al Cerro San Javier, donde está el Cristo de 28mts de alto (cuarto en el mundo en magnitud) y que peculiarmente posa para las cámaras haciendo con los dedos el símbolo de la Paz. Desde ahí puede verse toda la ciudad de San Miguel de Tucumán y los campos aledaños, con siembras de caña de azúcar y limón, distinguibles por sus colores verde y amarillo. También desde ahí cerca, en Loma Bola, se largan los aventurados en parapente; lo miré de reojo, pero no llegábamos con el tiempo...

El camino siguió al rato, recorriendo Villa Nogués y volviendo a Tucumán por la Av. Mate de Luna, continuación muy poética de la "24 de septiembre"; sobre esta calle, y a media cuadra de la plaza principal, se encuentra "El Portal" un lugar hermoso donde probamos las deliciosas empanadas tucumanas y el tamal, acompañados por simpáticas palomas que invaden el lugar como si fueran dueñas de todo lo que hay ahí. La tarde la dedicamos a conocer cómo se trabaja en un Ingenio Azucarero, base de la economía regional, y por la noche descansamos después de una buena charla y una peli. Como supuestamente cuanto más al norte íbamos, más nos íbamos a enamorar del paisaje y el lugar... al otro día partimos bien temprano en dirección norte-oeste, hacia Tafí del Valle. Armar la mochila, desarmar la mochila, armar la mochila, desarmar la mochila. Esto recién comenzaba.

El "Aconquija" era el encargado de llevarnos sanos y salvos a destino, y digo sanos y salvos porque esa ruta fue la más peligrosa por la que había andado... hasta ese momento. A la vez, es inevitable decir que es tremendamente hermosa e imponente... el camino se vuelve de repente completamente verde; a la vera de la ruta están los cerros y la yunga pura, con un paisaje casi selvático, puro bosque, salvaje; un arroyo que se va asomando entre las peligrosas curvas del camino y el precipicio que te provoca tremenda sensación de adrenalina. De hecho la curva "Fin del Mundo" obliga a detener el vehículo, si es que de frente viene otro en dirección contraria, simplemente para evitar caer. Y otros dos parajes típicos del camino son "El Indio" y "La Heladera". Los ojos no podían despegarse de la ventana del micro, y es que toda esta ruta, es parte de la Reserva Natural "Quebrada de Los Sosa". Pude captarlo en una filmación que dura minutos, pero cuando la reproducís, es incapaz de mostrar realmente lo que veían mis ojos. Una belleza irreproducible.

Llegamos enseguida a Tafí del Valle, luego de pasar por la pequeña localidad de El Mollar. Ahí nos esperaba la gente del Hostel Nómade, lugar que nunca voy a olvidar por la corta pero hermosa, y amistosa, estadía que me brindó. En Tafí no hay mapa, porque todo queda "ahí nomás", subiendo el cerro, a la vuelta de..., pasando tal lugar... Lo que no faltan son puestos de artesanos; es más, está organizado y sectorizado por tipo de artesanía, y lugares para conocer hay por demás: el Museo de los Jesuitas (que no vale tanto la pena, después de haberlo visitado), el Cerro El Pelao, la casa de los duendes (a la cual no pude ir), y el Parque de los Menhires en El Mollar (cerrado en ese momento por precaución con la Gripe A). Esa noche, disfrutamos de un pollo al disco a la cerveza, obra maestra del dueño del hostel por la módica suma de $7, que unió en una noche inolvidable a unos cordobeses, unos rosarinos, un olavarriense, más de 10 marplatenses que nos cruzamos sin querer, un par de ingleses con muy buena onda, una costarricense, y Ezra, un yanqui (muy parecido a Yayo, el humorista) que venía recorriendo Sudmérica en bicicleta y con su gorro coya nos cantaba "A Don Ata", al son de su guitarra y de su español extranjerizado. La noche fue increíble, una mezcla de guitarras, charango, bombo, cucharas y tenedores golpeando en los vasos, un karaoke improvisado, y unas ricas cervezas para disfrutar del "sabor del encuentro". Sonaron clásicos del rock nacional, del rock rioplatense, rock internacional, de folclore y hasta el hit del grupo "Mambrú" que Romano le cantó a la pareja de ingleses, quienes también tuvieron el placer de escuchar la payada del pozo, mientras intentaba, al instante, traducirles la letra. A todo esto, el dueño, "Vicentico", era uno más de nosotros; parecíamos un grupo de amigos de toda la vida. No lo sabía aún, pero a muchos de ellos los iba a seguir encontrando durante todo el viaje.

Al otro día, después de haber dormido unas horitas, salimos a disfrutar del día de sol, y me di cuenta que caminar por Tafí del Valle, me daba paz... pero mucho más me lo iba a dar subir al Cerro de la Cruz (El Pelao). Costó encontrarlo, porque nadie te explica exactamente cómo llegar, pero después de caminar y escalar por 40 minutos, llegamos a la cruz, a la cima. Ahí me quedé más de una hora en las piedras bajo los rayos del sol, pensando, descansando, disfrutando de la soledad y la inmensidad del paisaje que estaba frente a mis ojos. Desde ahí se ve todo el pueblo y los cerros como muros, protegiéndolo del mundo, como cuidándolo y conservándolo de toda contaminación. Se escucha el viento y el sonido de las aves que sobrevuelan el lugar. Y se respira aire puro, ese que te llega hasta el corazón. No hubiera querido irme de ahí por un largo rato más... pero había que seguir en el camino, aún en la provincia de Tucumán...