Para empezar...

Como una manera de perder el miedo a la "hoja en blanco", ahora digitalizada y convertida en un pequeño cuadrado blanco en mi pantalla, voy a contar qué cosas pueden llegar a encontrar en este blog, como puntapié inicial.

Muchas veces pasamos tiempo frente a la computadora sin sentido alguno, así que se me ocurrió sumarme a esto y usar este medio para decir y contar lo que tenga ganas.. que seguramente sean relatos de viajes, experiencias vividas, aprendizajes de la vida que considere bueno compartir, ideas, canciones, películas, frases y fotografías. En resumen, voy a hablar De Rutas.. y Otras Yerbas.

La fotografía junto a los viajes, es una de mis pasiones, que justamente está en pleno momento de despegue; creo... aún no lo sé... que me atrae la cuestión nostálgica de ver y recordar momentos ya pasados, de rememorarlos y viajar en el tiempo hacia esos instantes captados por una simple obturación, o bien, el hecho de captar "eso" para poder mostrarlo y compartirlo con quienes no lo vieron, no lo vivieron conmigo. Por otro lado, me gustaría en algún momento lograr tomar fotografías con mensajes, artísticas, que expresen algo y dejen una huella en el observador. Tarea difícil... pero nada es imposible.

Respecto a los viajes, desde que tuve la oportunidad de comenzar a hacerlo, nunca más pude parar... y no se trata de tener que obligadamente contar con demasiados recursos económicos para hacerlo. A veces escaparse un fin de semana, con una carpa a un camping lo suficientemente lejano, puede llegar a desenchufar ese motor que llevamos dentro día a día, que se llama "rutina". Porque es justamente el hecho de despertar en otro lugar, de respirar otro aire, de hacer algo fuera de lo "común y ordinario" lo que nos hace sentir renovados. Ese es uno de los placeres y objetivos de viajar, ya sea un fin de semana al pueblo vecino o sea durante meses y cruzando varias fronteras. Después... hay otras yerbas mas... paisajes, culturas, momentos, nuevos amigos, EXPERIENCIAS... esa es la palabra. Porque las experiencias son los mejores souvenires que te podés traer, podés estar seguro que eso nunca nadie te lo podrá robar...


Como digo siempre... un viaje nunca termina... porque va a vivir siempre dentro de nuestra memoria y nuestro corazón.

Rumbo al Norte ...

El 11 de julio del 2009, comenzó la mayor aventura de mi vida (hasta ahora al menos): cumplí mi gran sueño de "ir al Norte"; y lo que lo hizo tan especial, fue el momento de mi vida en que me animé a hacerlo, cuando necesitaba "escaparme", y lo que me dejó: sentí que a lo largo de este viaje pude conocerme a mí misma, y crecer mucho, hacerme más fuerte y segura, segura de que podía lograr lo que me propusiese.

Fue a mediados de mayo del 2009, cuando me enteré que iba a tener 2 semanas de vacaciones en invierno en mi nuevo trabajo. Por unos días me pasó por la cabeza la idea de que era esa la oportunidad de hacer realidad ese viaje que tanto había soñado, hasta que decidí empezar a buscar al menos un compañero/a de viaje. Juro que no es nada fácil encontrar esa persona, al menos en mi entorno, porque muchos trabajan, o no cuentan con la plata necesaria, o directamente no estarían dispuestos a emprender un viaje de "mochilero" donde sabés por donde vas a ir.. pero nada es seguro, porque estás libre y andando sin saber dónde vas a dormir mañana. Es estar dispuesto a que pase cualquier cosa. Todo puede cambiar a último momento, y está perfecto. Pasó más de un mes, y yo seguía buscando información para armar mi viaje con ¿? ni idea quién (sola no sabía si me animaba, aunque era una posibilidad). Hasta que mi amigo Hernán, un ex compañero de laburo del EMTUR, que ya había hecho un viaje de ese estilo por Perú, me dijo que no conocía el Norte Argentino y que si conseguía la plata se prendía.

La idea estaba, todo era posible pero nada estaba confirmado, sumado a que apareció la extraña Gripe A y, en el país y el mundo, corrían de un lado a otro, los temores de posibles contagios, y de una epidemia que avanzaba y llevaba a la gente a querer encerrarse en su propia casa. Sin embargo mi amigo y yo, sentíamos que ibamos a estar en lugares abiertos, en la naturaleza pura, y no creíamos que hubiera ningún riesgo que nos frenara. Asi que la cuestión era sólo esperar al 19 de julio aproximadamente, cuando las vacaciones comenzaban. Sin embargo, el día 5 se decidió cerrar la Universidad y las escuelas, y sin trabajar ni estudiar, ya no teníamos más nada más que hacer en Mar del Plata. El martes 8, estabamos con Hernán en su casa viendo fotos y emocionándonos, motivándonos por lo que se veía venir... y preguntó: "¿Nos vamos este sábado? Ya no aguanto más, ya me quiero ir", asique sin una mínima oposición por mi parte, compramos los pasajes en micro a Tucumán para la mañana del 11. En un día y medio compré todo lo que necesitaba, o casi todo, y mi mochila: una Bamboo Mod. Jaguar 50+8 litros, gris y negra. Gran compañera de aventuras. Fue recién esa noche antes de irnos que caí y me di cuenta: me estaba por ir al Norte.

Amanece en la ruta, no me importa dónde voy..



Salimos con rumbo a Tucumán en un Flecha Bus muy cómodo, ese sábado 11 a las 13hs. La mochila, bastante abrigo, la cámara de fotos, un cuaderno y una lapicera. Teníamos cerca de un día de viaje por delante; los ojos tenían sed de paisajes nuevos, pero tardaron en aparecer... Recién a las 14.30hs del domingo 12 llegamos a la hermosa terminal de San Miguel de Tucumán, que nos recibió con un golpe de calor al cual no estábamos acostumbrados por ser el mes de Julio. Como buenos ex informantes de turistas, pasamos por el Centro de Información Turística, donde te dan mapa, te ayudan con el alojamiento y te cuentan qúe hacer; me sorprendí al escuchar al tucumano contarme cómo el año anterior se había hecho en el Cerro San Javier, el Mundial de Parapente... casi me muero cuando veo esa imagen en el folleto porque era una de las ideas que tenía, pero no se concretó. Asignatura pendiente. No me olvido más que nos preguntó: "Y por donde piensan viajar chicos?" y le contamos que la idea era subir desde Tucumán hasta La Quiaca si podíamos. "Uhh... que bueno... acuérdense que cuanto más al norte vayan, más se van a ir sorprendiendo por los paisajes y la belleza de los lugares". Sentí que estaba donde quería estar hacía mucho tiempo.
Caminamos bien cargados bajo el fuerte sol y con hambre, hasta el Hostel Backpackers Tucumán. Las calles de la ciudad estaban casi vacías, incluso las peatonales San Martín y Muñecas, y la Plaza Independencia; la gente parecía haberse escondido tras los cerros. Después de una rica pizza, a dos cuadras del hostel, el destino obligado fue la Casa Histórica por $5, que como unos días antes la había visitado la presidenta, estaba bien pintada de blanco y con sus puertas flamantemente azules (como en su fachada original). Recuerdo que el lugar que más me impactó de la casa, fue la sala de la declaración de la Independencia. Por la noche, fuimos a ver una obra de teatro de la época, representada en la misma casa, con actores locales (una alternativa al clásico show de luces y sonidos), y fue ahí cuando representaron la jura, que me erizó la piel como si estuviera en ese momento reviviendo la historia....

La noche realmente era otra postal: gente en las calles, en la "24 de Septiembre", en la Plaza, paseando y disfrutando de las hermosas construcciones perfectamente iluminadas que la rodean (la Catedral, la Casa de Gobierno, etc). Y en el hostel, una antigua casa estilo "chorizo", pudimos disfrutar de una buena comida grupal, charlando con nuevos amigos de Venezuela, Francia, Rosario.. un poco de todo, un crisol de culturas que resultó en una charla interesantísima sobre la realidad político-social de Latinoamérica. Y así iba a ser todo el camino: gente con muy buena onda en cada rincón que visitábamos y que si los perdías de vista, era sólo por uno o dos días, porque después los volvías a encontrar en otra posta del recorrido, formando parte del paisaje y de la riqueza del lugar visitado. Ya estábamos ahí, ya empezaba a vivir mi sueño de recorrer el Noroeste Argentino... y llegar hasta Iruya, ese pueblo escondido en Salta pero que se llega desde Jujuy, sobre el cual Eduardo Marín, mi profesor de Recursos Culturales en la facultad, nos había hablado y recomendado visitar "de día y noche, para poder ver las estrellas"... hacia allí iba, ya estaba cerca.



El Jardín de la República y Tafí del Valle

En la capital tucumana se respiraba mucha tranquilidad y se empezaba a sentir también el irresistible olor a empanadas, que se convirtieron en la base alimentaria de todo nuestro camino. Nuestro segundo día lo dedicamos a recorrer el Camino de las Yungas: pasamos por el dique El Cadillal, Raco y El Siambón (dos barrios residenciales), y llegamos al Cerro San Javier, donde está el Cristo de 28mts de alto (cuarto en el mundo en magnitud) y que peculiarmente posa para las cámaras haciendo con los dedos el símbolo de la Paz.  Desde ahí puede verse toda la ciudad de San Miguel de Tucumán y los campos aledaños, con siembras de caña de azúcar y limón, distinguibles por sus colores verde y amarillo. También desde ahí cerca, en Loma Bola, se largan los aventurados en parapente; lo miré de reojo, pero no llegábamos con el tiempo...
El camino siguió al rato, recorriendo Villa Nogués y volviendo a Tucumán por la Av. Mate de Luna, continuación muy poética de la "24 de septiembre"; sobre esta calle, y a media cuadra de la plaza principal, se encuentra "El Portal" un lugar hermoso donde probamos las deliciosas empanadas tucumanas y el tamal, acompañados por simpáticas palomas que invaden el lugar como si fueran dueñas de todo lo que hay ahí. La tarde la dedicamos a conocer cómo se trabaja en un Ingenio Azucarero, base de la economía regional, y por la noche descansamos después de una buena charla y una peli. Como supuestamente cuanto más al norte íbamos, más nos íbamos a enamorar del paisaje y el lugar... al otro día partimos bien temprano en dirección norte-oeste, hacia Tafí del Valle. Armar la mochila, desarmar la mochila, armar la mochila, desarmar la mochila. Esto recién comenzaba.
El "Aconquija" era el encargado de llevarnos sanos y salvos a destino, y digo sanos y salvos porque esa ruta fue la más peligrosa por la que había andado... hasta ese momento. A la vez, es inevitable decir que es tremendamente hermosa e imponente... el camino se vuelve de repente completamente verde; a la vera de la ruta están los cerros y la yunga pura, con un paisaje casi selvático, puro bosque, salvaje; un arroyo que se va asomando entre las peligrosas curvas del camino y el precipicio que te provoca tremenda sensación de adrenalina. De hecho la curva "Fin del Mundo" obliga a detener el vehículo, si es que de frente viene otro en dirección contraria, simplemente para evitar caer. Y otros dos parajes típicos del camino son "El Indio" y "La Heladera"Los ojos no podían despegarse de la ventana del micro, y es que toda esta ruta, es parte de la Reserva Natural "Quebrada de Los Sosa". Pude captarlo en una filmación que dura minutos, pero cuando la reproducís, es incapaz de mostrar realmente lo que veían mis ojos. Una belleza irreproducible.



Llegamos enseguida a Tafí del Valle, luego de pasar por la pequeña localidad de El Mollar. Ahí nos esperaba la gente del Hostel Nómade, lugar que nunca voy a olvidar por la corta pero hermosa, y amistosa, estadía que me brindó. En Tafí no hay mapa, porque todo queda "ahí nomás", subiendo el cerro, a la vuelta de..., pasando tal lugar... Lo que no faltan son puestos de artesanos; es más, está organizado y sectorizado por tipo de artesanía, y lugares para conocer hay por demás: el Museo de los Jesuitas (que no vale tanto la pena, después de haberlo visitado), el Cerro El Pelao, la casa de los duendes (a la cual no pude ir), y el Parque de los Menhires en El Mollar (cerrado en ese momento por precaución con la Gripe A). Esa noche,  disfrutamos de un pollo al disco a la cerveza, obra maestra del dueño del hostel por la módica suma de $7, que unió en una noche inolvidable a unos cordobeses, unos rosarinos, un olavarriense, más de 10 marplatenses que nos cruzamos sin querer, un par de ingleses con muy buena onda, una costarricense, y Ezra, un yanqui (muy parecido a Yayo, el humorista) que venía recorriendo Sudmérica en bicicleta y con su gorro coya nos cantaba "A Don Ata", al son de su guitarra y de su español extranjerizado. La noche fue increíble, una mezcla de guitarras, charango, bombo, cucharas y tenedores golpeando en los vasos, un karaoke improvisado, y unas ricas cervezas para disfrutar del "sabor del encuentro". Sonaron clásicos del rock nacional, del rock rioplatense, rock internacional, de folclore y hasta el hit del grupo "Mambrú" que Romano le cantó a la pareja de ingleses, quienes también tuvieron el placer de escuchar la payada del pozo, mientras intentaba, al instante, traducirles la letra. A todo esto, el dueño, "Vicentico", era uno más de nosotros; parecíamos un grupo de amigos de toda la vida. No lo sabía aún, pero a muchos de ellos los iba a seguir encontrando durante todo el viaje.

Al otro día, después de haber dormido unas horitas, salimos a disfrutar del día de sol, y me di cuenta que caminar por Tafí del Valle, me daba paz... pero mucho más me lo iba a dar subir al Cerro de la Cruz (El Pelao). Costó encontrarlo, porque nadie te explica exactamente cómo llegar, pero después de caminar y escalar por 40 minutos, llegamos a la cruz, a la cima. Ahí me quedé más de una hora en las piedras bajo los rayos del sol, pensando, descansando, disfrutando de la soledad y la inmensidad del paisaje que estaba frente a mis ojos. Desde ahí se ve todo el pueblo y los cerros como muros, protegiéndolo del mundo, como cuidándolo y conservándolo de toda contaminación. Se escucha el viento y el sonido de las aves que sobrevuelan el lugar. Y se respira aire puro, ese que te llega hasta el corazón. No hubiera querido irme de ahí por un largo rato más... pero había que seguir en el camino, aún en la provincia de Tucumán...

Amaicha y las Ruinas de Quilmes



Después de unas ya típicas empanadas, salimos en el "Aconquija" nuevamente, pero con un rumbo nuevo. El camino hacia Amaicha es muy lindo; ni bien se arranca te das vuelta y ves de lejos el lago de El Mollar y Tafí del Valle, como un paisaje único y tranquilo. Luego cuando más se avanza, se va tornando cada vez más seco, van apareciendo poco a poco algunos cardones (o cactus) y algunas llamas que posan para quienes llegan a capturarlas con la cámara desde la ventana del micro. Antes de llegar a destino se pasa por el famoso "Infiernillo", nombre del punto más alto del camino, donde se puede bajar a tomar fotografías si se va en auto.

Llegamos finalmente el pueblo donde hay "360 días de sol por año" (según el cartel de la plaza central) y viven cerca de 5000 personas; en la terminal 3 o 4 personas se nos acercaron para ofrecernos al instante alojamiento, de todo tipo, incluso ofreciéndote acompañarte caminando hasta el lugar para que no te pierdas.  Pero preferimos tomar las sugerencias e ir por nuestra cuenta. En la plaza, cuando nos sacábamos una foto, se nos acercó un perro y "el Colo", un santiagueño con aspecto de alemán que hacía 6 meses había inaugurado el Hostel El Arca; se trataba de una antigua casa que era de su abuelo, con mucho para refaccionar pero estratégicamente ubicada frente a la plaza central. Ni bien llegamos nos hizo pasar y nos convido de su cerveza y también algo para fumar, no gracias igual! Muy buena onda nuestro anfitrión, pero enseguida nos fuimos a recorrer el pueblo. En Amaicha el paisaje es otro: no se ven los cerros alrededor tan cerquita como en Tafí, las casas en su gran mayoría son de adobe si nos alejamos del centro, y se nota que no está muy "explotado", o mejor dicho, desarrollado, a nivel turístico. Para visitar, está el Museo de la Pachamama, impresionante un poco por lo que muestra en su interior pero más que nada por las figuras de las esculturas y muros hechos en piedra de su exterior y patios internos. Fue creado y diseñado por Héctor Cruz, un personaje bien visto por muchos (porque es un reconocido artista, escultor y artesano, famoso también por sus tapices tan valorados) y mal visto por otros (porque tuvo muchos años la concesión de las Ruinas de los indios Quilmes, cobrando un calor muy alto por su entrada y quitando derechos a gente de la región sobre este lugar, o por comprar tapices a escaso valor a gente del lugar y venderlos luego con su firma por altos montos). De todas maneras, siempre recomiendo visitarlo, es privado y se cobra una entrada de en aquel momento, $10, que lo valen. Después de caminar un poco más, compramos algo para comer y volvimos al hostel, donde prepare una rica fuente de ravioles que comimos en el patio. Nos fuimos a dormir no muy tarde, para descansar. El dueño del hostel compartía la habitación con nosotros, y unas chicas que cayeron al lugar por la madrugada. La noche, sólo nos costó $15...

El segundo día en Amaicha lo aprovechamos para intentar llegar a "El Remate", una cascada escondida muy mística, sagrada para la gente del lugar, de la cual nos habló el Colo... Para llegar, tomamos el colectivo "El Parra" (todos tienen nombre allá) temprano por la mañana, pero no sabíamos cómo íbamos a volver, ya que tenía poca frecuencia y encima la desconocíamos. Sólo sabíamos que por la tarde ya nos íbamos hacia las Ruinas Quilmes. Después de bajar del micro caminamos cerca de 2 km más para llegar, mientras disfrutábamos del calor del sol y el cielo más azul que nunca. Pensábamos que no íbamos a llegar pero ahí estábamos. El Remate es hermoso; la sensación de estar encerrado entre esas piedras tan altas y el sonido del agua corriendo con fuerza, es indescriptible. Cuesta llegar a ver, en invierno, el agua cayendo por el bajo caudal que tiene, pero si se quiere se puede. No lo dudamos y decidimos sacarnos las zapatillas y medias para cruzar ese gran charco y meternos hasta llegar a la cascada. Lo que no sabíamos era lo helada que estaba el agua. Nunca en la vida me dolieron tanto los pies como esa mañana, donde a la extremadamente baja temperatura del agua se le sumaba la cantidad de piedritas que pisábamos para cruzar. Lo hicimos de a tramos y llegamos. Dicen que en verano se llena de gente que disfruta de un buen baño... no era justamente lo que hicimos nosotros. Después de un rato, de secarnos al sol, empezamos a ver cómo volvíamos... Hasta las 4 de la tarde no pasaba ningún micro y era recién el mediodía (y además... no habíamos desayunado). Como parte de esas casualidades de la vida, tuvimos la suerte de cruzarnos con dos francesas acompañadas por un guía del lugar, que luego nos ofreció alcanzarnos en su camioneta al centro de Amaicha, después de llevarnos a conocer un dique, y ahí pudimos tomar un remis hasta las Ruinas de los Indios Quilmes ($5 la entrada). Decidimos no ir en micro porque sino nos dejaba en la ruta y teníamos que caminar 5km y recorrer las ruinas con las pesadas mochilas; así llegamos al lugar, tuvimos una hora para recorrer mientras el remis nos esperaba, y luego seguir camino hasta Cafayate, ya en la provincia de Salta.

Las ruinas son increíbles; hay restos de antiguas viviendas y construcciones desde la base hasta lo más alto del cerro. También hay varios pucará (término de origen runa simi que alude a toda fortificación de los aborígenes de las culturas andinas centrales, con fines defensivos, sociales y religiosos, desde los que se tiene una vista estratégica para ver el avance del enemigo y controlar todas las viviendas y campos de la ciudadela). Subimos a uno de ellos y por unos minutos, me invadió la sensación de poder y control sobre todo lo que veía, era como un balcón al lugar y los alrededores, con una energía muy fuerte. La historia del lugar es trágica: los indios quilmes que habitaban la zona, cuando eran invadidos, se escondían en las construcciones más altas, donde los protegía el Cacique. Los españoles intentaron evangelizar a todos, pero hubo mucha resistencia. De hecho, las mujeres llegaban a lo más alto del cerro para tirarse desde allí y caer al vacío junto a sus hijos, y así morir, antes que ser colonizados (se encontraron muchísimos restos al pie del cerro que confirman esto). A quienes se revelaban y luchaban, los castigaron llevándolos a pie hacia el actual barrio de Quilmes de Buenos Aires; en el camino murió la mayoría de ellos.

Así, con esta visita, llegamos al final del recorrido por una parte de la provincia de Tucumán. Lo que venía era Salta, la linda, más linda de lo que me imaginaba, con una primera parada en la tierra norteña de los vinos: Cafayate.