Hacía ya una semana que estábamos en el Norte,
17 de julio de 2009. La mañana estaba fresca. A las 9 ya teníamos en nuestras
manos, nuestras bicicletas, listas para rodar unos 7 km sobre calles de tierra y
piedras, hasta el Río Colorado. La foto del folleto mostraba una cascada como
de 3mts. con gente bañándose y disfrutando del calor; obviamente, no era lo que
esperábamos, ya que estábamos en julio, pero fuimos con muchas ganas de hacer
un poco de trekking en un lugar hermoso y escondido. Pedaleamos hasta el
cansancio y descubrí, al verme en la necesidad de bajarme y hacer algunos
tramos caminando, que no estaba en mi mejor momento físico; pero voluntad era
lo que sobraba, y a veces cuando cuesta esfuerzo, los resultados son más
satisfactorios.
Llegamos al punto de partida y en un camping nos cuidaron las
bicis por sólo $2,50. Allí nos dijeron: “Chicos, si quieren pueden contratar algún
diaguita que los acompañe, pero sino, pueden ir por su propia cuenta, tardando
un poco más. Sigan el río, bordéenlo, y no se distraigan con los caminos de las
cabras; así van a llegar hasta la tercer cascada y volver en 3hs y media”. En ningún momento, nos dijo que era casi
imprescindible que nos guiaran, y atraídos por la aventura, nos lanzamos solos
por “el camino”... En realidad, por momentos lo perdíamos y lo volvíamos a
encontrar volviendo atrás, o a veces también llegábamos a un punto muerto donde
nos detenía una piedra gigante o arbustos impenetrables.
Subíamos y bajábamos piedras enormes y chicas también, algunos tramos eran bastante empinados, y varias veces la única salida era cruzar el río saltando. Cada tanto, aparecían algunas cabras por ahí, como diciendo: “Nosotras sí sabemos como llegar, ustedes están un poco perdidos...”; incluso una recuerdo que nos hizo retroceder y cambiar el camino. Y así seguimos, cada vez más escondidos entre los cerros mientras el sol quería empezar a asomarse por arriba nuestro. Entre salto y salto, me caí y me golpeé, al pisar una piedra por donde corría el río, en ese momento ya más crecido, y enseguida metí una pierna dentro del agua helada al pisar una piedra floja. Empapada y con un poco de dolor, seguimos camino... no llegaba más! La imaginación me llevó a pensar que me iban a tener que venir a rescatar en helicópteros, porque otra manera de llegar hasta ahí sentía que no había! Más que nada porque habíamos saltado de una roca de más de un metro que no tenía idea como pasarla en el camino de vuelta: “la bajamos sí... pero cómo la vamos a subir..?”.
A los minutos llegué a la primer cascada. Ya no le vi
ninguna gracia, era un poco de agua cayendo desde una gran piedra. En realidad
esa era mi visión condicionada por mi dolor en la rodilla y la incomodidad de
estar empapada, pero enseguida me relajé y nos quedamos un rato por ahí
descansando y disfrutando del lugar. ¿La segunda y la tercera? Para la próxima.
Teníamos que volver y llegar a tiempo para la excursión de la Quebrada a las 2 de la tarde y antes comer
algo; por cómo venía rengueando, no teníamos mucho tiempo para volver.
Obviamente (aunque lo supe después), los regresos son siempre más rápidos y fáciles (aunque Hernán casi se cae de unos 3mts de altura). Si alguien va les recomiendo hacerlo con más tiempo, o contratar un guía. Las bicis nos esperaban, y el camino también; pero a nuestro favor, ahora era en bajada, tanto que por ciertos tramos debemos haber superado una velocidad de50 km/h para no exagerar. Tuvimos unos minutos para comer una docena de empanaditas y nos encontramos con
Martín y Seba, el olavarriense y el cordobés que habíamos conocido en Tafí. Con
ellos compartimos el remisse que nos llevó a recorrer junto con otros más, la Quebrada. El guía fue muy
divertido y amable; nos explicó muy bien cada parada y nos incentivó a recorrer
cada rincón.
Primero bajamos a ver unas formaciones rocosas, rojizas y bastante erosionadas, que me recordaban al Parque Nacional Talampaya enLa Rioja. Caminamos
y pudimos tomar fotografías por todos lados. Después cruzamos el Río Las
Conchas, con 10 cm
o a veces 20 cm
de profundidad, y llegamos a “Los Castillos” otras formaciones de bastante
altura, donde pudimos hacer buenas tomas y arranqué, incentivada por el guía, a
sacar algunas pegando saltos de bastante altura! Hasta el día de hoy es una
foto infaltable en cada uno de mis viajes...
Subíamos y bajábamos piedras enormes y chicas también, algunos tramos eran bastante empinados, y varias veces la única salida era cruzar el río saltando. Cada tanto, aparecían algunas cabras por ahí, como diciendo: “Nosotras sí sabemos como llegar, ustedes están un poco perdidos...”; incluso una recuerdo que nos hizo retroceder y cambiar el camino. Y así seguimos, cada vez más escondidos entre los cerros mientras el sol quería empezar a asomarse por arriba nuestro. Entre salto y salto, me caí y me golpeé, al pisar una piedra por donde corría el río, en ese momento ya más crecido, y enseguida metí una pierna dentro del agua helada al pisar una piedra floja. Empapada y con un poco de dolor, seguimos camino... no llegaba más! La imaginación me llevó a pensar que me iban a tener que venir a rescatar en helicópteros, porque otra manera de llegar hasta ahí sentía que no había! Más que nada porque habíamos saltado de una roca de más de un metro que no tenía idea como pasarla en el camino de vuelta: “la bajamos sí... pero cómo la vamos a subir..?”.
| En el medio de la foto, junto al arbusto, de buso azul, está Hernán viendo por dónde seguir |
Obviamente (aunque lo supe después), los regresos son siempre más rápidos y fáciles (aunque Hernán casi se cae de unos 3mts de altura). Si alguien va les recomiendo hacerlo con más tiempo, o contratar un guía. Las bicis nos esperaban, y el camino también; pero a nuestro favor, ahora era en bajada, tanto que por ciertos tramos debemos haber superado una velocidad de
Primero bajamos a ver unas formaciones rocosas, rojizas y bastante erosionadas, que me recordaban al Parque Nacional Talampaya en
Más adelante volvimos a parar para subir a un mirador y tomar más fotos donde un cartel nos regalaba una frase muy linda:
Esa noche tuvimos el cumpleaños de Alejandra,
en el Hostel Rustik, con los ingleses que habíamos conocido también en Tafí,
Martín, Seba, Carina, y algunos amigos nuevos más. Salimos a bailar a un par de
lugares, uno más local, otro más “hecho para el turista” y probamos los helados
Miranda, de dueños marplatenses, que ofrecen el helado de Cabernet y el de
Torrontés. Paso obligado en Cafayate, a sólo unas 3 cuadras de la plaza
principal.
No queríamos dejar este lugar, nos había
gustado mucho. Y habíamos recorrido lugares preciosos, de naturaleza pura. Pero
el camino llamaba y había que seguir. Salta, la Linda , nos esperaba. El
micro “El Indio” nos iba a llevar a las 9 de la mañana por unos $34, tardando
unas 4hs. La idea era quedarse un par de días ahí, al menos en princípio porque
uno nunca sabe con qué se va a encontrar. De hecho... nunca me habían dicho que
Salta era tan pero tan linda!

No hay comentarios:
Publicar un comentario